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  • Si sos lector —de los que subrayan, vuelven atrás, se quedan un rato largo en una frase— este libro te va a encontrar. Porque juega con el lenguaje, con la forma, con la memoria. Porque no se ordena del todo y confía en que el lector va a saber habitar ese desorden.

  • Y si no sos tan lector —si te cuesta sostener novelas largas, si sentís que leer a veces es una exigencia más— también. Porque este libro no pide disciplina: pide presencia. No avanza en línea recta, no se apoya en grandes giros narrativos; se deja entrar de a poco, como una conversación, como un álbum abierto, como algo que se puede leer en fragmentos sin perder sentido.

Esta es una historia sobre una madre y una hija.
Sobre Sari (nunca Sara, por favor), sobre la demencia y sobre algo que rara vez se dice: lo brillante de la pérdida.

Sin lugar para la autocompasión, la hija de Sari registra el momento en que la cabeza de su mamá se desordena, pierde palabras, se fragmenta. Y mientras eso ocurre, ella arma el relato que su madre no dejó de contar… y que, al mismo tiempo, ya no pudo contar.

La narradora anota recuerdos que no siempre le pertenecen, frases sueltas, escenas del barrio, extractos de un diario, disparates. Los amontona, los pega, los deja convivir. El texto se construye como un collage, igual que el cuerpo-mente en el que se fue transformando su mamá.

El libro puede leerse de muchas maneras:
como una novela romántica sobre las palabras,
como un manual íntimo para seguir creyendo en los días,
como una biografía amorosa,
o como una forma muy humana de acompañar lo que se desarma.

En un tiempo donde el duelo ocupa el centro de tantos relatos, este libro hace algo distinto:
habla de la vida.
De la que sigue.
De la que insiste.
De la que todavía encuentra belleza, incluso cuando el lenguaje empieza a fallar.

Es un libro delicado, inteligente, profundamente vivo.
Y por eso, tan necesario.