Hay libros que incomodan por lo que cuentan,
y otros por la forma en que te obligan a mirar lo que normalmente evitás.
Magnetizado es de esos que abren una puerta y no la cierran.
Durante una semana gris de 1982, Buenos Aires quedó marcada por cuatro asesinatos idénticos, casi calcados, como si alguien hubiese puesto la escena en loop.
El responsable: un chico de diecinueve años, silencioso, lúcido, sin explicación aparente.
Ni delirio, ni motivo, ni emoción.
Solo un acto incomprensible.
Años después, ese muchacho es un hombre común —tan común que asusta— y habla con un escritor desde el hospital psiquiátrico de Ezeiza.
Lo que surge de esas conversaciones, de los informes forenses, de los diarios de la época, no es una reconstrucción policial ni un intento de diagnóstico:
es una inmersión en la extrañeza.
Una mirada donde no hay moralejas, ni explicaciones fáciles, ni alivio.
Solo la voz desnuda del protagonista y la sensación inquietante de estar demasiado cerca.
Magnetizado es un libro que no busca resolver nada:
te invita a acompañar, escuchar, y tolerar el vacío que dejan las preguntas sin respuesta.
Un viaje al borde del crimen, pero también a una forma distinta —y perturbadora— de habitar el mundo.