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  • Si sos lector, de los que disfrutan las novelas sobre identidad, lenguas y desplazamientos, este libro te va a conquistar por su inteligencia y su humor sutil.

  • Y si no sos tan lector, si buscás una historia ágil, entrañable y difícil de soltar, también. Porque se lee con fluidez, curiosidad y una sonrisa que aparece sin avisar.

No es solo una historia sobre aprender un idioma.
Es una historia sobre traducirse a uno mismo.

Amanda cuenta la historia de una mujer nacida en Francia que vive desde hace diez años en Buenos Aires y decide anotarse en un curso de italiano. La mayoría de sus compañeros estudia el idioma para obtener la ciudadanía italiana y dejar el país. Amanda, en cambio, hizo el movimiento inverso: dejó Europa y se vino “para acá”.

Desde ese gesto inicial, la novela despliega con ternura y sentido del humor la experiencia de aprender una lengua y una cultura —la italiana— desde un lugar que no es el propio, atravesada por otra lengua y otra forma de estar en el mundo: la argentina.

Amanda se traduce todo el tiempo.
Traduce palabras, gestos, silencios.
Se traduce a sí misma.

Y en ese movimiento constante aparecen las preguntas más elementales —y más profundas— sobre el lenguaje, las palabras, la pertenencia y el ser. Por detrás circulan los compañeros de curso, los profesores, los amoríos, la ciudad, la vida cotidiana que se cuela mientras algo interno se acomoda (o se desacomoda).

La novela puede leerse como una gran metáfora sobre el extrañamiento y la identidad.
Pero lo mejor es empezar a leerla sabiendo algo muy simple: no se la puede abandonar hasta el final.

Es tierna, entretenida y profundamente humana.
Un libro que acompaña, divierte y deja pensando, sin esfuerzo.